Justicia por el Atuel

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ATUEL: Historia del conflicto por un río compartido. Síntesis.

En el año 1917, no mucho después de la ocupación militar del territorio ganado a los indios, lo que es hoy la provincia (Estado) de La Pampa, era por entonces un Territorio Nacional, bajo la tutela del poder central de la Nación. En ese año sufrió la primera sustracción de los caudales del río Atuel por parte de la provincia de Mendoza, una de las llamadas “tradicionales” y dueña ya por entonces de una sólida estructura administrativa.  El río Atuel entraba en La Pampa y sur de Mendoza bajo la forma de un sistema anastomosado, con tres brazos principales y varios secundarios llamados localmente “arroyos” y conformaba una superficie de bañados, islas, lagunas, esteros y cauces de unos 300 km de largo por un ancho variable, nunca menor a los 15 km.

En la década de 1930 hubo nuevos desvíos para atender las prósperas colonias mendocinas de tierras bajo riego, con lo que desapareció el brazo llamado Butaló, que penetraba más de 150 km en La Pampa.  Finalmente, en 1948, con la habilitación del dique El Nihuil –construído por la Nación—se cortó el último de los brazos del río, llamado Arroyo de la Barda, desertificando el sur mendocino y el centro norte pampeano en una superficie del orden de los 5.000 km2.

Estas paulatinas pero incensantes alteraciones en el escurrimiento derrumbaron los intentos por crear oasis de regadío en La Pampa, caso de la Colonia Butaló, y borraron del mapa la ringlera de pequeños asentamientos e incipientes pueblos, surgidos a orillas del río, que cuyos habitantes cayeron en “la diáspora atuelera y saladina”, en el decir del poeta Edgar Morisoli.

La condición territoriana de La Pampa hizo imposible cualquier reclamo y, cuando pudo elevarse alguno, fue desatendido por las autoridades. Es singular el caso de la carta que el agente radiotelegrafista Angel Garay, conmovido por la miseria y desertificación del medio ambiente, enviara al por entonces Presidente de la Nación, Juan Domingo Perón. La misiva, insólita por no haber seguido la vía jerárquica, epilogó en una resolución del organismo estatal de entonces, Agua y Energía Eléctrica de la Nación, ordenando una suelta trianual de agua a los efectos de moderar la sequía, especialmente para bebida de la hacienda.

La resolución nunca fue cumplida por la provincia de Mendoza y durante treinta años, hasta la reactivación por un ciclo climático rico, el río dejó de correr por el último de sus brazos que insólitamente, ante la falta de agua albergaba corrales y hasta jagüeles, cavados en busca del subálveo. Una toponimia fluvial cubierta de sal y polvo pasó a ser el único recuerdo del río.

En 1976, en pleno proceso militar, La Pampa, ya estado federal, reclamó por su río ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Después de muchos gastos y estudios y cabildeos la Corte dio un curioso fallo: el río Atuel es interprovincial (condición que Mendoza negaba) pero La Pampa sólo tendrá caudales cuando Mendoza alcance a regar las más de setenta mil has. comprometidas en la provincia, bajo cultivo o con reserva. En los hechos es lo mismo que decir nunca.

Un año atrás los pampeanos volvieron a la carga, esta vez por parte de dos ONG, con una nueva solicitud a la Corte, ahora de la democracia. Hicieron hincapié en la desertificación del área, más de 4.500 km2, y la posibilidad de restaurar un corredor verde en medio del desierto. La respuesta del alto tribunal apuntó al singular fallo anterior y, en definitiva, dejó sin efecto el pedido.

Lo curioso de todas estas idas y venidas, que ya van para el siglo, es que nunca los pedidos pampeanos apuntaron a perjudicar las áreas cultivadas restándoles caudales –que les corresponderían—sino que apuntan a una sustancial mejora de la eficiencia de riego, que es muy baja, y obtener una porción de agua que les permita fertilizar su desierto. Hasta el momento la postura mendocina ha sido inconmovible y, frente a los dimes y diretes del derecho escrito y la burocracia, se yergue en el centro del país argentino un enorme desierto que crece. Los sufridos pobladores de la costa del Atuel suelen recordar con una sonrisa triste aquel criollo refrán que dice “que son campanas de palo las razones de los pobres”.

Walter Cazenave/FUCHAD

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